La ruptura de las relaciones entre Arabia Saudí, EAU, Bahréin y Egipto con el pequeño y rico Estado de Qatar se produjo por una cuestión aparentemente menor -el asilo concedido por Doha a dirigentes del movimiento islamista Hermanos Musulmanes huidos de El Cairo tras el golpe militar- pero tenía razones de calado. La más importante quizá, la presencia en la capital catarí de la poderosa cadena de noticias Al Yasira, que no ahorra críticas a ciertos regímenes árabes y tiene una inmenso auditorio árabe.
El repertorio de agravios contra Doha había ido engrosando con el tiempo, y parecía casi intextricable hasta que la diplomacia norteamericana convenció a Riad de los beneficios de firmar la paz con el pequeño enclave gasístico. El «hombre fuerte» saudí, el heredero Mohamed bin Salman, que tiene en la Casa Blanca su principal -y casi único- valedor en Occidente, ha terminado por concluir que las ventajas de reanudar las relaciones con Qatar superan a los inconvenientes. Y Bin Salman ha comenzado por la senda más sencilla la campaña de relaciones públicas para lavar su imagen tras el asesinato del disidente Kashoggi. El siguiente paso será, «insha Alá», el establecimiento de relaciones de Arabia Saudí con Israel. La mediación del dúo Trump-Kushner ha conseguido que dos aliados saudíes en el Golfo -Emiratos y Bahréin- hayan dado ya ese paso histórico, que ninguna administración norteamericana había logrado con anterioridad.



