Pastor Héctor Contreras, Iglesia Metodista Libre Inc «La Senda»
La importancia de tu nombre, Juan 20:13-16 y El poder del amor, Juan 20:24-29. ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?, Juan 20:15. María Magdalena era una mujer muy agradecida, fué la primera persona que habló con el Señor resucitado. Era mismo Señor, quien había compartido en varias ocasiones con ella, pero sus lágrimas le impedían reconocer su rostro ni tampoco su voz. Qué hermoso es que, hasta que Él no la llamó por su propio nombre, María, ella no reaccionó, reconociendo entonces que era su maestro y le dijo: «Raboni»
que es igual a maestro. Por ello la importancia del Señor por encontrarse con dos hombres muy especiales para el ministerio que debían dar inicio después de su partida, Tomás y Pedro.
Como a Magdalena, Tomás y luego Pedro, al Señor le era necesario un reencuentro con los dos discípulos; es decir, Tomás y Pedro. Aunque los cuadros de los dos discípulos son diferentes, porque uno se atrevió a decir: «Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré», Juan 20:25. ¡Tremendo! El mundo está lleno de hombres y mujeres como Tomás. Ver, tocar, sentir, palpar todo para poder creer. Pero, la misericordia de Dios es tan grande, que después de toda esta seremonia, el Señor lo que atina a decir fueron las siguientes palabras: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron», Juan 20:25. Todos los que hemos confesado a Jesucristo somos esa pléyade de hombres y mujeres lavados por la Sangre del Cordero de Dios que un día creímos sin nunca haberle visto. Dios puso una fe bien grande para que pásasemos a ser parte del Reino de Dios desde el día que le confesamos como nuestro Salvador. ¡A Él sea la gloria!
En Juan 21:13-17, encontramos lo maravilloso de nuestro Señor en cuanto a su relación con sus discípulos. Él llega a la playa, se sienta junto al fuego con los que esperaban que llegaran los que pescaban. ¿No es maravilloso? Todo el que recibe a alguien es el que invita; aquí fue todo lo contrario, porque fue el mismo Señor quien partió el pan y el pescado. ¿Cuál es la enseñanza? «VENID, COMED», Juan 21:12. A esto se le llama «AMOR, SERVICIO, DARSE, ENTREGA», Es el legado de Dios para su pueblo, si el Señor no se presenta en las tres ocasiones cuando lo hizo, nunca habría podido rescatar a Tomás y luego a Pedro, en esta última ocasión.
Cuando Jesús iba hacia el Getsemaní y con Él sus discípulos, citó al profeta Zacarías cuando, por mandato de Dios escribió: «LEVÁNTATE, OH ESPADA, CONTRA EL PASTOR, Y CONTRA EL HOMBRE COMPAÑERO MÍO, DICE JEHOVÁ DE LOS EJÉRCITOS. HIERE AL PASTOR, Y SERÁN DISPERSADAS LAS OVEJAS; Y HARÉ VOLVER MI MANO CONTRA LOS PEQUEÑOS», Zacarías 13:7. 475 años antes de Él se necesitaron para cumplirse esta profecía. Habló de la dispersión de cada uno de ellos, pero como siempre, Pedro no se queda callado y dice: «AUNQUE TODOS SE ESCANDALICEN DE TÍ, YO NUNCA ME ESCANDALIZARE», Mateo 26:33. Luego, siguiendo su conversación con sus discípulos y en respuesta a lo que antes había dicho Pedro, nuestro Señor le dice a Pedro lo siguiente: «De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces», y vuelve Pedro a replicar: «Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré», Mateo 26:33-35. Todos conocemos la historia, todo se cumplió según lo escrito. Tomás y Pedro necesitaban un reencuentro con su Señor.
Por tres ocasiones, el Señor hace la misma pregunta a Pedro sobre el amor hacia Él, porque era necesario restaurar a aquel hombre. La restauración hoy, en este domingo de resurrección, es motivo de un «VOLVERSE» a Dios por medio de Jesucristo. Él vuelve a nosotros, como lo hizo ayer, con el propósito de que todos tengamos un nuevo reencuentro con El en este tiempo que hoy vivimos. Vamos a continuar orando y luego aportemos lo que podamos para apoyar a otros en sus necesidades y vamos a creer que la resurrección de Cristo, nos lleva a una nueva vida llena de fe, de esperanza y amor, para que nuestro mañana se convierta en un canal para servir, primero a nuestra familia, luego a los demás, en Cristo Jesús. Celebremos la resurrección de nuestro Señor, alabando, exaltando y glorificando su nombre por siempre. Sean bendecidos, mis amados.



