Por José Rosario
En las pocas andanzas infantiles, en el corto tiempo vivido en nuestro pueblo natal Hato Mayor del Rey, solíamos recorrer junto a compañeritos de la época los verdes pastos y cruzar praderas, disfrutando de la diversidad de la naturaleza aprovechando esos momentos de esparcimientos para coquetear con sus recursos.
Uno de los acostumbrados juegos que nos inventábamos para entretenernos, aparte del “maroteo” y corretear a los animales, era identificar la planta conocida como moriviví, asaltados por la curiosidad de observarla recogerse al sentirse atacada.
Fueron muchas las escapadas con mis amiguitos por esos montes jugueteando, procurando localizar entre los arbustos la indefensa “matica” para pisotearla; y de esta manera verla morir.
A medida que fuimos creciendo en edad decidimos descontinuar esa práctica, quizás madurando en el desarrollo de la sensibilidad de preservar el medio ambiente, siendo objeto de críticas por parte de los cómplices en mocedad, al notar nuestro cambio de actitud de no acceder a su invitación de ir en su franca persecución.
Avanzando en el reloj de los años, que nunca descansa en el movimiento de sus manecillas para que podamos reencontramos con situaciones similares, de lo que una vez fue una diversión de niños, con el tiempo logremos transportarlo hacia una realidad inherente.
Desde la óptica política, hemos presenciado acontecimientos deleznables en el transcurrir partidista entre candidatos y seguidores que en sus afanes de alcanzar la preferencia, que sin ningún pudor político y falta de escrúpulos, implementan todas las formas de jugarretas, artimañas y subterfugios sin percatarse en su recorrido avasallador que los afectados podrían convertirse en una especie de moriviví, que luego de ser pisoteado, renace de nuevo.




