Pastor Héctor E. Contreras,
Iglesia Metodista Libre Inc La Senda,
¿Quiénes eran los fariseos, quiénes los publicanos? Los fariseos eran bien conocidos por su estricto seguimiento de la Ley de Moisés. El fariseo de esta parábola fué mucho más allá de lo requerido por las leyes religiosas. Dice él mismo de sí mismo de pie frente al altar lo siguiente:»Dios, te doy gracias, porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aún como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmo de todo lo que gano», Lucas 18:11-12. ! Cuánta arrogancia, cuánto orgullo, cuánta soberbia en un sólo hombre! Lo bueno y también lo malo, es que nuestro mundo está lleno de hombres como éste. Una religión basada en un sistema de méritos, nos conduce a un orgullo religioso desmedido. El hombre que nos ocupa en este relato de la Biblia, queriendo justificarse delante de Dios y, por qué no, también delante de los hombres, simplemente porque sus diezmos y ofrendas eran super abundantes. Seguro de su religiosidad, aún estando delante del altar, no pide nada a Dios, porque en verdad, no tiene necesidad de nada. Sólo quería ser escuchado por los demás.
En tanto, el publicano, odiado por casi toda la sociedad por su condición de cobrador de impuestos para el Imperio romano, se golpea el pecho varias veces, con una vergüenza atroz que destruía su interior, mirando hacia el suelo, porque se sentía no ser digno de mirar hacia el cielo por considerarse que no estar listo para hallar perdón y misericordia delante del Señor. Sus palabras fueron: «Dios, se propicio a mí, pecador», Lucas 18:13. Al terminar la parábola, nuestro Señor no condena la ocupación del cobrador de impuestos, es todo lo contrario, lo describe como alguien que reconoce su «estado de despreciable ante Dios y confiesa su necesidad de reconciliarse con su Creador». Dirigiéndose en humildad, el publicano recibe la misericordia y la reconciliación que buscaba. Juan de Antioquía, Patriarca de Constantinopla, dijo acerca de esta parábola lo siguiente: «Así como la humanidad supera el peso del pecado y saliendo de sí llega hasta Dios, así la soberbia, por el peso que tiene, hunde a la justicia. Por tanto, aunque hagas multitud de cosas bien hechas, si crees que puedes presumir de ello, perderás el fruto de tu oración. Por el contrario, aún cuando lleves en tu conciencia el peso de mil culpas, si te crees el más pequeño de todos, alcanzarás mucha confianza en Dios». Este pensamiento conjuga la realidad de esta parábola. Al presentarnos delante del Altar de Dios, mientras más humildes de corazón, mayor acercamiento y bendiciones alcanzaremos. En cuanto a la humanidad y la altivez, Salomón escribió: «Ciertamente él escarnecerá a los escarnecedores, Y a los humildes dará gracia. Los sabios heredarán honra, Más los necios llevarán ignominia», Proverbios 3:34-35.
Cuando alguien quiere justificarse ante Dios por todo un currículum abundante y cree que por ésto merece sus favores, me veo en la necesidad de plasmar las palabras del profeta Isaías, que dijo: «Si bien, todos nosotros somos como suciedad, y toda nuestra justicia como trapo de inmundicia; y caímos todos como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento», Isaías 64:6. Todo hombre, toda mujer, está llamado a ser íntegro delante de su Creador. La integridad, la honra, el honor, la sencillez de corazón, todo ésto no lo podemos adquirir en una farmacia, tampoco en un supermercado, ni mucho menos en una ferretería, ¿Por qué?, porque todos estos son atributos y valores que vienen de Dios.
Resaltando algo más acerca de los fariseos, anteriormente, nuestro Señor invitó a uno de estos orgullosos religiosos a que le acompañara en la mesa para comer. El fariseo le causó una gran sorpresa al ver a Jesús que no se lavara las manos. Jesús, que conocía el pensamiento de su invitado, le dice: «Ahora bien, vosotros los fariseos limpias lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro están llenos de rapacidad y de maldad», Lucas 11:38-39. Nuestro Señor sigue diciendo a su interlocutor, necios, dad limosna de lo que tenéis, el diezmo de la menta, la ruda y toda hortaliza, pasando por alto la justicia y el amor de Dios. Dice de que aman las primeras sillas en las sinagogas, salutaciones en las plazas, hipócritas, sepulcros que no se ven. Lucas 11:40-43. ¡Tremendo anfitrión! En mi caso, no me hubiera gustado ser el invitado para tal ocasión. Sin embargo, todo cuanto Jesús dijo al que le acompañaba a la mesa, era cierto, por tanto, ante todo, cuando vayamos ante Dios, es necesario despojarnos de todo lo que nos impida y estorba una buena relación con Él.
Les invito a buscar a Dios con corazón sincero, porque en lo concerniente a la vida, se puede ser como cualquier fariseo o escriba, un pecador, pero lo más importante para una persona, es reconocer en su interior que, si va en busca de ayuda ante Dios, alcanzará su misericordia y perdón. En su oración de arrepentimiento ante Dios, el hombre que había sido llamado conforme al corazón de Dios, David, I-Samuel 13:14, escribió: «Porque no quieres sacrificio, que yo te daría; No quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios», Salmo 51:16-17. Con esta confesión ante Dios, David, aunque su corazón estaba herido por la vergüenza y dolor por sus pecados, al igual que el publicano, que golpeando su pecho en el altar buscaba el perdón. David conocía la amplitud de la misericordia divina. Es bueno conocer que, después de saber que había sido perdonado, David se atrevió a pedir a Dios sus dones más preciados, que son: el gozo, la restauración, su presencia y su Espíritu Santo.
Alguien escribió el siguiente pensamiento: «La humildad es la virtud cristiana más sobresaliente que nos abre a los valores y a la riqueza de la realidad». Les invito a dejar a un lado, desde el recuerdo que algunos llevan por años y años que atormenta sus vidas, convirtiéndose muchas veces en personas cargadas y agobiadas y en la mayoría de los casos, casi siempre, es un familiar muy cercano o un gran amigo o amiga que, tal vez por una mala interpretación de palabras, ha causado un rompimiento que destruye su interior, la amistad y una relación de toda una vida. La reconciliación es simple, Basta una llamadita por el teléfono o celular para volver a ser lo que antes fueron. ¡Dios es bueno y para siempre es su misericordia! Les bendigo grandemente en este hermoso día.



