El mundo árabe se halla sumido en una crisis existencial aguda, y eso lo saben muy bien –para su desgracia– los palestinos moderados del presidente Abbas y los radicales de Hamás, que no pueden jugar esa carta en su pulso con Israel. Su drama está opacado desde hace muchos años por varias guerras civiles árabes, primero la de Irak y ahora las de Siria y Libia.
Los nuevos conflictos bélicos dividen y enfrentan a los árabes –la reciente decisión de Egipto de enviar fuerzas regulares a Libia es buen botón de muestra– y debilitan el poder de mediación de las potencias occidentales. Se fueron los británicos, se fueron los franceses, mucho antes dejaron la región los italianos, y ahora la Unión Europea se ha convertido en poco más que una oenegé. Si la política de EE.UU. no cambia, acabarán yéndose también los norteamericanos. Ahora quien mueve los hilos en el mundo árabe es Turquía –el gran enemigo a batir en los albores del panarabismo–, que interviene de una manera flagrante en las guerras de Siria y Libia, y de modo más sutil Rusia y China, que aspiran a ocupar el vacío que deje la superpotencia.
