De héroes y villanos

Estamos viviendo estos días una tragedia que creíamos ya olvidada en un pasado lejano, una guerra, otra, en la vieja Europa, solidaria, civilizada, en trance de reverdecer y en general vinculada a la libertad, el progreso y la democracia en sus diversas formas de aplicación. En este escenario tumultuoso han hecho su aparición muchos gobernantes, muy pocos estadistas, y una miríada de ‘expertos’ que se atreven a hablar de casi todo sin saber realmente casi nada. De entre todos ellos destacan como protagonistas principales dos figuras contrapuestas, antagónicas podría decirse, Volodímir Zelenski y Vladimir Putin; dos representaciones muy diferentes de la realidad y dos imágenes que concitan en casi toda la opinión pública occidental sentimientos totalmente encontrados, incluso beligerantes. Uno, dirigente democrático de un país con muchas sombras, de entre las que destacan la corrupción y la división interna, que pugna por sostener el empuje de un Goliat que quiere aplastarle, empobreciéndole, humillándole y sometiéndole a los dictados de una distopía imperial imposible de resucitar. El otro, la imagen fría y distante del que se sabe señor y dueño de vidas y que parece estar más allá del bien y del mal, a juzgar por la frialdad y determinación con la que ordena la muerte de miles de personas de dos países y la destrucción sistemática de infraestructuras militares, civiles y ciudades enteras, una tras otra, y que, llegado el caso, amenaza con utilizar el arma nuclear.

Uno encarna la voluntad de resistencia del que se sabe referente de toda una nación. Su valor y determinación, su capacidad de comunicación y de generación de empatía, le han convertido en el símbolo de la resistencia ante la barbarie, la imagen del héroe dispuesto al sacrificio en el altar de sus valores y principios. Su capacidad de atraer la atención, su inteligencia emocional y su ‘saber estar’ –tanto en el despacho como en el frente de batalla– le han convertido en ‘el mejor de todos nosotros’.

El otro, con un gesto siempre vigilante y receloso, ejerce el poder –que no la autoridad– sobre una nación huera de información y criterio y aislada completamente de la realidad que se está viviendo. No es un loco como he oído decir, tampoco es impulsivo e irreflexivo, sí que es autoritario y tiene tics de psicópata falto de empatía. Su capacidad de comunicación es escasa y solo le funciona cuando juega en el terreno que conoce perfectamente y en el que se siente cómodo, el de la antigua agit-pro soviética. Su imagen actual es la un zar ensimismado, rodeado de sus boyardos y aislado de sus conciudadanos, temido que no querido y siempre amenazante, dispuesto a ordenar sin titubear una nueva acción terrible que costará las vidas a muchas personas y el futuro a muchas más.

La guerra en directo, en el salón de casa, entre personas que hace unos días convivían en relativa calma, que comerciaban y que llegaban a entenderse se nos antoja imposible de comprender. Así es esta guerra. Para unos, el reclamo imperativo y violento de una realidad que es exclusivamente suya y que quiere imponer a los demás. Para otros, la némesis, el final de su corta historia que se dilucida a vida o muerte. Porque del resultado de esta guerra no hay duda, la guerra de un ejército contra otro está perdida, la duda es cuánto podrá aguantar el más débil. La guerra de un país es otra cosa, de una población y de sentimientos encontrados, esa está por dilucidar porque su solución será a muy largo plazo y creo, de signo contrario.

Mientras tanto, veremos a un líder sostener su dignidad hasta el final y a un villano desaparecer entre los pliegues de su patología hedonista y ególatra, hecho un paria internacional, odiado y rechazado en demasiados sitios. Putin no ha entrado en la historia, ha salido de ella arrastrando con él al pueblo ruso.

Francisco José Gan Pampols es Teniente General del Ejército de tierra en situación de reserva