En vísperas de que se celebre el referéndum para redactar otra Constitución que no recuerde a Pinochet -y elegir el modo de hacerlo-, convendría refrescar la memoria de esos pirómanos tan democráticos. La Iglesia chilena, durante los 17 años de dictadura, desempeñó un papel ejemplar y, en especial, la Vicaría de la Solidaridad de Santiago con Monseñor Raúl Henríquez.
En estos tiempos revueltos parecería que es fácil y de escasas consecuencias cometer actos vandálicos contra los templos cristianos. Es como si todo quedara en anécdota. En su visita a Chile, en 2018, el Papa se dejó acompañar, durante toda su visita, de Juan Barros, el exobispo de Osorno acusado de encubrir al sacerdote pedófilo Fernando Karadima. La recepción al Pontífice fue más fuego de altares e imágenes. Francisco, más tarde, ordenó una investigación a Barros, y en junio aceptó su renuncia, pero ya sería demasiado tarde para recuperar la fe de muchos chilenos.
En Francia, a un profesor le cortó el cuello un joven musulmán por poner a Mahoma de ejemplo al hablar de libertad de expresión. Millones de franceses se echaron a las calles pero… también fue demasiado tarde.
