La oferta del presidente es cuatro años más de lo mismo, por lo que no necesita ser muy específico. Los notables del partido cierran los ojos a los excesos retóricos de Trump, su falta de interés por gobernar y su tendencia a vivir en las redes sociales y hacer de oposición de la oposición. Tampoco les gusta su tendencia a gestionar la política exterior con improvisaciones, órdagos y sobresaltos. Pero esta ejecutoria presidencial furiosa es un mal menor para los republicanos, con tal de poder hacer avanzar su visión política, basada en bajar impuestos, desregular algunos sectores de la economía –energía, finanzas, medio ambiente– y nombrar jueces federales conservadores.
Si a pesar de la situación de crisis y de la demostrada falta de liderazgo del magnate neoyorquino, funciona una campaña basada sobre todo en su instinto, será por la misma razón por la que sorprendió al mundo en 2016. La estrategia es movilizar a la base republicana con un repertorio de miedos y amenazas, en especial en los Estados clave para la suma de delegados del colegio electoral. El presidente no aspira a unir al país, le basta con que algo menos de la mitad vaya a las urnas y le otorgue la victoria.
