Tras ellos llegará el turno al enorme contingente estadounidense que aún sigue en Afganistán, el tradicional cementerio de las potencias coloniales. Y en paralelo se irán los restos que siguen en Siria, donde hace mucho que se cumplió el objetivo original de desmantelar el Estado Islámico que Daesh había creado en su zona fronteriza con Irak. Otra presencia militar mantenida de modo sorprendente por la Administración de Barack Obama, el laureado –a modo preventivo– Nobel de la Paz.
Por deformación profesional, Donald Trump es un apasionado de los negocios, no de la guerra. El multimillonario neoyorquino es un antibelicista convencido y un crítico abierto de los intereses creados en torno al Pentágono por la poderosa industria militar. Conecta plenamente con la corriente aislacionista de buena parte del pueblo norteamericano, y entronca con la tradición republicana aunque él sea un «outsider». Las cinco mayores guerras en las que estuvo implicado EE.UU. se han desarrollado bajo el mandato de presidentes demócratas: la que le enfrentó a México, la Primera y la Segunda guerra, y los conflictos de Corea y Vietnam.
