Vladimir Putin -que cuenta entre sus amigos al patriarca moscovita Kirill, en un anacrónico retorno a la alianza del trono y del altar- escribió el pasado verano que la constitución del Patriarcado de Kiev era otro golpe mortal a los sentimientos rusos, y una constatación de la ruta emprendida hacia Occidente por la nueva elite política ucraniana. «Nuestra unidad espiritual también ha sido atacada», escribió en julio de 2021 el líder ruso, que dos años antes -cuando se declaró la autonomía de la autoridad religiosa de Kiev- llegó a compararla con «el uso de armas de destrucción masiva contra nosotros».
Solo se conocen los sondeos en torno al cisma de las dos Iglesias realizados en Ucrania. En ellos se constata que el 34 por ciento de los ucranianos se declara a favor del Patriarcado de Kiev, frente a un 13,8 por ciento que sigue deseando la unión con el de Moscú. El resto se considera en su mayor parte indiferente. En Ucrania se conserva, además, una minoría de católicos de rito autóctono no latino, importante sobre todo en la diáspora.
Después de casi un siglo de ateísmo militante soviético tanto en Rusia como en Ucrania, los sentimientos religiosos -muy ayunos de formación doctrinal- son un terreno fácil para la manipulación por parte de los políticos. En el terreno práctico, la autocefalía de Kiev es un asunto jurídico que no supone ningún cambio en la doctrina ortodoxa, que se mantiene como antes. Pero uno de los mensajes repetidos por el nacionalismo cabestro, tanto entre los ucranianos prorrusos de la región rebelde del Donbass como dentro de la Federación, es la necesidad de «defender la fe del pueblo ruso» en el conflicto con el país vecino.



