Merkel sigue ejerciendo en funciones hasta que el nuevo canciller sea investido y está a puntito de batir un récord. Hasta ahora es Helmut Kohl el canciller alemán con más tiempo en el cargo, que ocupó durante 5.869 días, entre el 1 de octubre de 1982 y el 26 de octubre de 1998. Para superar a Kohl, Merkel tendría que aguantar hasta el 17 de diciembre de 2021. Pero si los «semáforos» cumplen con el calendario que se han dado a sí mismos, le faltarán unos pocos preciosos días para conseguirlo. E incluso a ella, tan ajena a la esclavitud del ego y a las pasiones terrenales, le hubiese gustado quedar por encima de Kohl, también en esto. La relación del hombre de Estado y su pupila política fue siempre ambivalente. Él fue su mentor, de alguna manera la utilizó como cuota del Este tras la reunificación, cuando Merkel era una completa desconocida, y hay que reconocer que tuvo buen ojo. Pero tras aprender los vericuetos de la política democrática, la joven cristianodemócrata crecida en la Alemania comunista fue precisamente quien dio a Kohl el último empujoncito, exigiendo públicamente su dimisión tras el aciago escándalo de los fondos irregulares con los que el Canciller de la Unidad había engrasado bajo mesa aquel proyecto ingente de la Reunificación Alemana.
Una vez caído en desgracia, Kohl no volvió a ser el mismo. Un accidente doméstico lo dejó definitivamente en silla de ruedas, sin apenas poder hablar y al cuidado de su segunda mujer, la mucho más joven que él Maike Kohl-Richter, que maneja a su antojo la exigua agenda y los documentos y diarios del ex canciller alemán, en contra del criterio de toda su familia. Casi todos los periódicos del mundo guardan en un cajón un obituario de Helmut Kohl, listo solo para actualizar llegado el momento, mientras Kohl, a pesar de su precaria situación, ve pasar por delante de su puerta los ataúdes de sus principales biógrafos. En el caso de Merkel, la jubilación se presenta con una cara muy diferente. Su segundo marido, Joachim Sauer, tiene 72 años y prolongó su contrato como investigador senior de la Universidad Humboldt hasta 2022. Al menos hasta esa fecha es muy probable que ambos se queden en Berlín, en el mismo apartamento en propiedad en el que han vivido durante sus cuatro legislaturas, porque Merkel nunca quiso mudarse a la residencia oficial de la Cancillería.
Seguirán seguramente pasando los fines de semana de primavera y verano en su casita de Brandemburgo, comprada en 2005 y rodeada de una huerta de unos 50 metros cuadrados a la que Merkel saca mucho partido, con plantas de patatas, fresas y hortalizas con las que cocina sus famosas sopas. «No planto col porque necesita demasiados cuidados y además atrae a los caracoles», dijo en su primer año de cultivo, una frase que tuvo innumerables lecturas políticas porque col, en alemán, es el apellido de Helmut Kohl.
Merkel cumplió el 17 de julio 67 años y no tendrá preocupaciones financieras, porque su estilo de vida es muy frugal y porque según la Ley Ministerial de la Nación le corresponde un 71,75% de su salario como pensión de jubilación, lo que significa que contará con unos 15.000 euros mensuales. A menos que desee subrayar su legado, no necesitará publicar sus memorias políticas, como hizo la esposa de Helmut Kohl. Y a menos que algún accidente doméstico lo impida será ella personalmente quien gestione su herencia documental, aunque en estos tiempos de teléfonos móviles, cualquier agencia de inteligencia que se precie tiene ya hace tiempo todas las comunicaciones de la canciller alemana a su disposición, como demostraron los papeles de Snowden. Aún así sería muy interesante conocer su lectura de los históricos acontecimientos que pasaron por su despacho, sobre todo porque Angie, según insisten sus colaboradores, tiene un gran sentido del humor.



