Aunque aún no ha sido reivindicado, el ataque lleva la marca de la filial afgana de Estado Islámico (Daesh). Este grupo suní se adjudicó varios ataques este mes contra otros objetivos de minorías musulmanas que considera ‘heréticas’. Los más salvajes fueron el ataque a una escuela chií de las afueras de la capital, y esta misma semana un atentado también con explosivos contra una mezquita chií en Mazar-i-Sharif.
Los chiíes afganos, de la etnia Hazara, constituyen en torno al 20 por ciento de los 38 millones de ciudadanos del país, y han sido tradicionalmente perseguidos y discriminados por el resto, que profesa la corriente suní, la mayoritaria en el islam. Los ataques, tanto de Daesh como del movimiento integrista talibán, proceden no solo de la ‘obligación’ que sienten los islamistas de combatir a los grupos musulmanes que consideran heréticos, sino también del sentimiento de revancha. Durante los veinte años de presencia de EE.UU. en Kabul, los Hazara chiíes ayudaron a los norteamericanos a tratar de instalar un régimen político y social más respetuoso de los derechos humanos.
El ataque a la mezquita sufí de este viernes se enmarca en cambio en el rechazo visceral de los fundamentalistas suníes a esa corriente muy minoritaria en el islam, que trata de aplicar una religiosidad ‘mística’ y cultiva la devoción a los santos.
La ola de ataques de Estado Islámico en Afganistán augura una nueva fase turbulenta en el país recuperado por los talibanes, por la rivalidad entre dos movimientos yihadistas -uno de carácter nacional y otro que aspira a ser global- que se presentan como la quintaesencia del islam radical.



